miércoles, 6 de abril de 2011

Conociendo a Jessica


Llevaba varios días sintiéndome muy bien, Jessica prácticamente vivía en mi depa, no me molestaba, pero a veces necesitaba mi soledad. Con ella al menos tenía 2 de mis 3 comidas al día… Y eran mis únicas comidas, en la mañana jamás alcancé a desayunar, claro que eso ella no lo sabía.
Llovía así que aproveché de usar mi súper paraguas transparente que le había comprado a mi vecina loca en una “venta de piso”, la llamó así porque no teníamos garaje, así que obligadamente debió realizarla en el 4to piso. Iba entretenida jugando a no pisar las rayitas del camino cuando la vi, era una lámpara de lava, desde que tengo uso de razón he querido una, estaba a $3.500 y era grande, consideré que era una ganga y entré al local a comprarla inmediatamente. El vendedor, era un joven bastante torpe, pero al menos envolvió lindamente mi nueva adquisición solo temí que la dejara caer… Era la última que quedaba, la del mostrador.
Salí nuevamente a la calle y llovía, según lo que a mí me pareció, más torrencialmente que antes de que entrara al negocio, lo más probable es que dios estuviera ensayando para el segundo diluvio, o al menos eso diría mi abuelita ya que, según ella, todos éramos unos malditos herejes que debíamos arder en el infierno. En este caso, en un mojado infierno de agua. Me faltaban 3 cuadras para llegar a mi sequito depa donde, estaba segura, me estaría esperando una llamada de citófono desde el depa de Jessica para una reponedora sopita caliente así que apresuré el paso.
Llevaba mi linda lámpara en doble bolsa para que no se mojara, subí rápidamente las escaleras, ya que no me gustaba usar el ascensor, siempre he pensado que sería terriblemente claustrofóbico quedar atrapada en un ascensor, prefería la libertad de las escaleras, además aprovechaba de hacer algo de ejercicio ya que la pereza vital no me dejaba hacer nada más. Llegué a mi departamento, estaba tibiecito y acogedor, me puse las zapatillas de descanso y me dispuse a abrir mi lámpara cuando sonó el teléfono. Era Jessica, mi sopita ya estaba servida.
Bajé corriendo al segundo piso, y golpee en el 206, un aroma a verduras varias y calidez me llegó de adentro cuando una sonriente Jessica apareció en la puerta, le sonreí a mi vez, ampliamente y pasé, ahí me estaba esperando mi polerón de polar, regalo de ella, ayer se me había quedado ahí así que me lo puse.
-          ¿Cómo te fue hoy? – Siempre me hacía la misma pregunta, y siempre con la misma intensidad, me hacía sentir que de verdad le importaba como había estado mi día, y yo me explayaba, pero casi nunca recibía mucha información de ella.
-          Pues… hoy el profe Julio nos habló sobre dios – fue una respuesta automática, me había quedado pensando en dios, luego con el diluvio volvió a aparecer, para mi, como para Jessica dios era algo muy raro…
-          Y ¿qué te llamó la atención? – segunda pregunta de las “fantásticas preguntas de Jessica”, era como si “siempre” supiera qué preguntarme o cómo preguntármelo, era difícil no decirle realmente lo que pensaba.
-          Hmmm, creo que me llamó la atención una de las concepciones más paganas de dios, que es como una “energía”, me agrada ese concepto para lo que supuestamente es una entidad superior a nosotros, supongo que para las personas creyentes debe ser una aberración pensar en dios como “simple energía”, pero creo que eso se debe a que las personas no saben el poder de la energía… - Iba a pensar algo más, pero Jessica me detuvo, me dio la impresión de que ella sabía algo que yo ignoraba completamente en ese momento, algo, que con el tiempo sabría perfectamente.
-          ¿Vamos a comer? – su sonrisa franca me derritió y la seguí a la mesa.
Hablamos del todo y la nada y de las noticias y del clima raro, y del frío, Jessica odiaba el frío, decía que el calor era mil veces mejor, porque te dejaba andar casi desnuda y ella amaba la desnudez. Creo que se me olvidó contarles a que se dedica ella. Jessica es pintora amateur, tiene unos cuadros bellísimos pero jamás ha hecho una exposición, teme que le digan que no sabe pintar y dice que eso la hará perder su don. Se dedica a pintar personas, tiene muchas fotografías de personas, en varias actividades, sin embargo hay un cuadro que aun no me ha querido dejar ver, dice que empezó a pintarlo la noche que nos conocimos, que me lo mostrará cuando sea el momento preciso. Creo que eso es lo que más me gusta de ella, su mística, su semblante, jamás se lo que está pensando, sin embargo es transparente como el cristal. Es difícil que Jessica logra ocultarme alguna de sus emociones, bueno, eso fue lo que me hizo hablarle.
Al final supe su edad, Jessica tiene 31 años, trabaja en el museo de bellas artes y en verano hace de guía turístico porque tiene un inglés increíblemente fluido. El día que lloraba fue porque había estado en el hospital haciendo su visita semanal, hacía unos días atrás, ella enseña pintura a los niñitos con cáncer terminal y uno de los chiquitos había muerto esa semana, esa noticia la había choqueado y luego de eso no había podido terminar el cuadro que había comenzado, era sobre la magia de los niños, y la razón de que Jessica ahora pasara todos los días conmigo, era, en parte, porque luego de esa noche había vuelto a pintar. Supongo que me convertí en una especie de musa para ella. Pero ella seguía sin querer contarme que fue lo que me pasó ese día y porque ella había gritado tanto. Porque su grito lo tengo grabado en la memoria.

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